
Lejos quedan los días en los que alguien podía llegar a pensar que las tropas españolas viajaban a Afganistán para llevar a cabo una misión humanitaria. El chiste de que nuestro Gobierno actual hubiera rechazado radicalmente la guerra de Irak durante la campaña electoral mientras posteriormente ha mantenido las tropas en Afganistán es ya una verdad a voces. La guerra es real, las balas atraviesan la carne así como las minas acaban con vidas. A pesar de todo, nuestros dirigentes se empeñan en utilizar su habilidad con el lenguaje para emprender una búsqueda de eufemismos que suavicen el asunto (misión de paz, seguridad, colaboración internacional etc).
No me posiciono completamente en contra de la labor de nuestro ejército en el extranjero. De hecho creo que cuando un país es realmente problemático en términos de amenazas internacionales o de opresión extrema a su propio pueblo la comunidad internacional debe intervenir, primero con el diálogo y en última instancia con su ejército. Coincido plenamente con que la paz es el estado ideal en todo momento pero al mismo tiempo es utópico, siempre habrá algún malnacido con ansias de poder y conquista. Es evidente que se trata de un tema muy delicado y surgen los siguientes interrogantes: “¿Quién tiene derecho a decidir cuando se interviene?”, “¿Cuáles son los criterios para intervenir?”… En el presente artículo no pretendo tratar un tema tan complejo como este, escapa a mi comprensión.
El objetivo era denunciar la actitud esquiva del Gobierno ante esta guerra cuando debería ser franco y sincero con los ciudadanos (¿cuándo lo es?). Así mismo me gustaría mostrarles un par de vídeos grabados por los propios soldados en los que se refleja la realidad (o al menos parte) de la guerra de Afganistán. Dicho material audiovisual está tomado hace un año y desde entonces la situación no ha hecho más que empeorar así que imagínense. Juzguen ustedes mismos.
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